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Tirando del hilo

Desde etapas ancestrales las labores que se hacen con tejido manual se han considerado un trabajo, una tarea, un rol, una habilidad relacionada con la vida de las mujeres, aquellas a las que se les denominaba amas de casa, tejedoras, alpargateras, hilanderas, costureras, cultivadoras de lino y otros tipos de hilos,como la lana de oveja. Y esta actividad estaba también relacionada con el hilar, la rueca, el telar horizontal y el batán.

En muchas ocasiones (como bien ha señalado la antropología social y feminista) este trabajo estaba poco o nada reconocido socialmente y muy mal remunerado. Ni tan siquiera en la etapa de la Revolución industrial donde se desarrolló la industria textil, y si estaban relacionados con las mujeres tenían poco valor a causa de los aún vigentes criterios para realizar la distribución del trabajo por género, sexista.

La parte que la mujer aportaba dentro de la economía familiar como la confección de ropa para toda la familia, elaboración de la decoración de la casa (cortinas, manteles, cojines, lienzos y otras ornamentales de hilo vegetal), la elaboración del ajuar familiar (servilletas de mesa, pañuelos de mano para hombre y mujeres, calcetines, ajuar infantil, chalecos, delantales, tapetes, sabanas, sobrecamas o colchas, entre otros). No era reconocido por su verdadero valor, ni contabilizado.

Las mujeres eran fuerza trabajadora barata y aun así no eran tantas las que se dedicaban a ello, en la mayoría de los casos se entendía como una obligación que les correspondía, se dedicaban a estas labores dentro de la familia, como una prolongación de su actividad doméstica y del trabajo reproductivo.

Tanto así, que a las niñas se les educaba ya con la conciencia de aprender estos oficios como algo propio de su sexo e imprescindible para un desarrollo correcto como personas adultas, prepararse para el matrimonio y para los cuidados familiares. Por ejemplo, en el país vasco los padres llegaban a destinar algo de terreno para que la niña-mujer cultivara lino desde los 11 años para la confección de ropa y para que con los años confeccionara su ajuar de boda.

Esta realidad no cambio con el desarrollo de la industria, la revolución industrial, con los cambios de las estructuras empresariales dentro del sistema económico, ni con la entrada del capital extranjero y/o la exportación de la empresa a otras tierras.  Todo lo que valía social y económicamente se encontraba en el exterior del ámbito doméstico y en el dinero que los hombres aportaban a la familia.

Esta cualificación “femenina” estuvo muy generalizada socialmente para las mujeres hasta los años ochenta del siglo XX en España, incluso estaba impartida en las Escuelas de Artes y Oficios.

Las profesiones relacionadas con las labores femeninas, a pesar de la modernización, continuaban con una estructura gremial que implicaba una rígida estratificación laboral, las niñas comenzaban desde los diez años en los talleres, se les denominaba recadistas, hasta que lograban el ascenso por un sueldo miserable. Independientemente del alto grado de especialización que se alcanza, las “costureras” abarcan: sastras, modistas, camiseras, pantaloneras, chalequeras, costura fina, ropa blanca, ropa de color, bordadoras, vestidos de niños y niñas, sombrereras, de punto, gabardinas, trincheras, impermeables, peleteras, guarnecedoras, repasadoras, rematadoras, festoneadoras, ribeteadoras, corsés, caladoras, encajeras, pasamanería y cordonería, etc.

Las condiciones de trabajo de las “obreras de la aguja” en los talleres era tan dura y penosa que, en la primera década del siglo XX, encontramos referencias en prensa que hacen llamamientos para que estas mujeres se asocien y hagan valer sus derechos, siempre incumplidos, sobre todo en cuanto a la jornada de trabajo y a las condiciones de los propios talleres.

Aquello que la sociedad intentaba invisibilizar constituyo una gran motivación para la creación y la investigación de las artistas feminista de los años 60, que rescataron y valorizaron estas habilidades para la historia de las mujeres y para el resto de la población.

La mayoría trataron de no usar las técnicas más comunes como la pintura sobre tela e incluir artes tradicionales practicadas por las mujeres, como el bordado, los tejidos, el crochet, el macramé, el patchwork y otras artesanías atribuidas al quehacer femenino. Con ese propósito reutilizaron la decoración que practicaban sus abuelas y dieron nueva vida a estas formas, desafiando el sistema de valores del orden cultural del cual provenían.

Le dieron otro sentido político-social y recuperaron patrones de otras culturas pues querían liberar esas expresiones de la marginación impuesta por el machismo eurocentrista.

Joyce Kozloff es una artista feminista pionera que desde los años 70 vincula y mezcla variadas técnicas de costuras y telas con la tradición decorativa y ornamental.

Foto 1. Mosacico, Joyce Kozloff talleresdeartetextil

Y Harmony Hammond que buscaron la visualidad de la pintura utilizando las técnicas artesanales del tejido de tapetes con materiales sintéticos. Ella fue creando a partir de tiras y harapos de mantas viejas y de segunda mano, una serie de manteles o felpudos, cosiendo esas tiras en formas circulares y depositándolas luego en el suelo de modo similar a una alfombra.

Foto 2. Floor Pieces (Piezas para piso) 1973. Harmony Hammond

 

Foto 3. Affection 1984. Harmony Hammond www.feministartpower.wordpress.com

Mabel Hechevarria Martínez

 

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